El silencio que camina: la Soledad recorre la noche de Peñaranda en la hora más honda del Viernes Santo

El silencio que camina: la Soledad recorre la noche de Peñaranda en la hora más honda del Viernes Santo

Desfiló la cofradía de La Soledad en profundo y absoluto silencio

Pasadas las doce de la noche, tras la procesión del Santo Entierro, cuando el calendario ya había caído del lado severo del Sábado Santo, Peñaranda de Bracamonte contuvo el aliento. No hubo aviso de metales ni redobles que abrieran paso: fue el silencio —denso, compartido, casi físico— el que convocó a los fieles a las puertas de la parroquia. De su interior emergió, con una lentitud medida, la Virgen de la Soledad, sostenida por su cofradía, envuelta en la penumbra que apenas rompen los cirios.

El primer paso no suena, pero pesa. Pesa en las andas, en los brazos de quienes la llevan, y en la mirada de quienes acompañan. La noche, limpia y expectante, se volvió escenario y refugio. La procesión avanzó hacia la plaza de Agustín Martínez Soler, donde el espacio se abre y el silencio se ensancha. Allí, cada paso parece más largo, cada respiración más consciente. Las velas dibujan un río de luz temblorosa que se desliza sobre el pavimento.

En la plaza de la Constitución, las sombras de los edificios se adhieren a los muros como un público antiguo. Nadie habla. Sólo se escucha el roce de las telas, el crujido leve de la madera y el acompasado andar de la cofradía. La Virgen, con su gesto contenido, parece mirar más allá de la multitud, como si atravesara el tiempo. Hay recogimiento, pero también una íntima conversación entre quienes caminan y lo que sienten.

Al enfilar la plaza de España, la procesión se hace aún más íntima. Las luces urbanas, discretas, ceden protagonismo a la llama viva de los cirios. Se percibe el latido colectivo de un pueblo que no necesita música para sostener el rito. El silencio no es ausencia: es lenguaje compartido, es memoria, es promesa.

Las calles Luz Nueva y Luz Baja, con su trazado más estrecho, envuelven el cortejo. Aquí la cercanía intensifica la experiencia. Los vecinos, desde ventanas y portales, se suman en quietud reverente. La Virgen de la Soledad avanza como si flotara, guiada por manos firmes y devotas. Cada esquina se gira con precisión, cada pausa tiene un sentido que no hace falta explicar.

En la calle Bebedero, el recorrido parece recogerse sobre sí mismo, como si la noche quisiera proteger ese instante final. Los pasos se hacen más pausados, más densos, sabiendo que el regreso se acerca. La cofradía mantiene el pulso, sin alardes, fiel a la sobriedad que define la procesión.

Cuando la imagen vuelve a la parroquia, no hay estallido ni cierre abrupto. La llegada es tan silenciosa como la partida. La Virgen de la Soledad cruza el umbral y la oscuridad la acoge de nuevo. Quedan fuera las velas, las miradas, el eco de un caminar contenido. Y queda, sobre todo, la certeza de haber compartido algo que no necesita palabras: una noche en la que el silencio ha sido la forma más profunda de oración.

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