El Lunes Santo se sumerge en un silencio sobrecogedor con el Santo Cristo de la Agonía y la Virgen de la Misericordia

El Lunes Santo se sumerge en un silencio sobrecogedor con el Santo Cristo de la Agonía y la Virgen de la Misericordia

El acto penitencial llevó a los cofrades hasta el cementerio municipal en una noche de recogimiento y oración

El Lunes Santo volvió a dejar una de las estampas más sobrecogedoras de la Semana Santa en Peñaranda con el acto penitencial que presidió el Santo Cristo de la Agonía (San Luis) en el Cementerio Municipal, en una noche marcada por el silencio, la sobriedad y la reflexión.

A las 21:30 horas, con puntualidad, se abrían las puertas de la parroquia para dar inicio a una procesión íntima y cargada de simbolismo, con destino al Camposanto. Desde ese instante, el sonido grave de los tambores de la Banda de Cornetas y Tambores de la Hermandad de Cofradías comenzó a marcar el paso de un cortejo que avanzaba con solemnidad por las calles de la localidad.

La oscuridad, apenas rota por la cálida luz de las luminarias, acompañaba a los hermanos, que, revestidos con túnica negra y capa monacal, cubiertos por capucha y escapulario marrón, y ceñidos con cíngulo de esparto al estilo franciscano, portaban faroles que rompían la oscuridad de la noche, dibujando una estampa de profundo recogimiento. Avanzaron lentamente, casi en susurro, como si cada paso fuese una oración. El leve roce de las telas, el ritmo pausado de la comitiva, y el silencio profundo, creaban una atmósfera que invitaba a mirar hacia dentro.

El cortejo recorrió las calles Bebedero, Luz Baja, Plaza del Nido y calle Medina, en un caminar pausado hacia el cementerio, convertido en destino y símbolo. Allí, tras la campana repicada, entre el silencio y la penumbra, tuvo lugar uno de los momentos más sobrecogedores de la jornada. Ante la imagen enlutada de la Virgen de la Misericordia se colocó al Santo Cristo de la Agonía. Entre la quietud del camposanto se elevó una Oración y Meditación sobre la Muerte y la Resurrección, en un acto cargado de significado que prepara a los fieles para los días centrales de la Pasión, Muerte y Resurrección, es decir, el Triduo Pascual.

La presencia del Cristo y de la Virgen, serena y doliente, parecía detener el tiempo, interpelando a cada corazón, recordando el misterio del sufrimiento y el amor entregado. El silencio se hizo aún más denso, casi palpable, mientras cada asistente, en lo más hondo, se enfrentaba al misterio de la vida y la esperanza que renace. Así, el Lunes Santo se cerró con una llamada a la reflexión y a la esperanza, en una noche en la que la tradición, la fe y el recuerdo de los difuntos, se dieron la mano en el corazón. Fue un instante suspendido en el tiempo. Un diálogo interior. Una preparación íntima para el Triduo Pascual.

El regreso, por el mismo camino, se convirtió en una prolongación de ese recogimiento. Las luces temblorosas seguían marcando el paso, como pequeñas almas en vela, acompañando al Cristo y a la Virgen en su tránsito, y a los fieles en su reflexión. Al llegar al templo parroquial, el acto de despedida puso un broche cargado de emoción contenida. No hubo estridencias, solo la certeza compartida de haber vivido algo profundo, algo que va más allá de lo visible. Porque en esa noche no solo caminó una procesión: caminó el silencio, la fe y el anhelo de esperanza.

Y en el corazón de todos quedó encendida una luz tenue, pero firme, que guía hacia la Pascua.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta