Desfilaron todas las cofradias de Peñaranda. Las bandas de Almorox y de la Hermandad pusieron el acompañamiento musical
La tarde del Viernes Santo cayó en Peñaranda de Bracamonte con ese silencio denso que parece anunciar lo sagrado. Las calles, contenidas y expectantes, se convirtieron en escenario de una de las citas más solemnes de la Semana Santa: la procesión general del Santo Entierro, organizada por la cofradía del Cristo de la Cama en el seno de la Hermandad de Cofradías. El paso del tiempo parecía detenerse mientras el recogimiento envolvía a vecinos y visitantes.
Abrió el desfile la cofradía de la Virgen de la Esperanza, marcando el tono de la tarde con sus dos pasos. “La Oración en el Huerto” avanzó con sobriedad, reflejando la angustia previa al sacrificio, seguido por la Virgen de la Esperanza, cuya presencia, serena y firme, aportaba un contrapunto de consuelo entre la penumbra.
A continuación, la cofradía de la Preciosa Sangre desplegó una de las secuencias más intensas de la Pasión. Jesús flagelado, amarrado a la columna, mostró el dolor físico en toda su crudeza; tras él, la imagen de Jesús coronado de espinas, conocido como “La Caña”, encarnó la humillación; y cerró el grupo Jesús presentado al pueblo, escena cargada de dramatismo que parecía resonar en el silencio respetuoso del público.
El tercer turno correspondió a la cofradía de Jesús Nazareno. El paso de Jesús Rescatado (Medinacelli) despertó especial devoción, seguido por Jesús Nazareno con la cruz a cuestas, cuya pesada carga avanzaba al compás lento de las portadoras, precisamente dos mujeres. Cerraba la Virgen de la Misericordia, acompañando el sufrimiento con una mirada de infinita compasión.
La cofradía del Cristo del Humilladero aportó una profunda austeridad con sus dos pasos: el Santo Cristo del Humilladero, que evocaba el momento previo a la crucifixión, y Nuestra Señora de las Lágrimas, cuya expresión doliente conmovía a quienes aguardaban en las aceras.
Después, la Vera Cruz (San Luis) presentó “El Calvario”, una escena de gran fuerza visual que condensaba el momento culminante de la crucifixión, seguido por Nuestra Señora de la Piedad, sosteniendo el cuerpo sin vida de su Hijo en una composición de sobrecogedora ternura.
El corazón de la procesión llegó con la cofradía del Cristo de la Cama, organizadora del desfile. Su paso, el Santísimo Cristo de la Cama, avanzó con solemnidad absoluta, envuelto en un silencio casi total, solo roto por el acompasado sonido de los tambores. Era el instante central: la muerte ya consumada, el recogimiento hecho imagen.
Cerró la procesión la cofradía de la Virgen de la Soledad. Su paso titular, Nuestra Señora de la Soledad, puso el broche final con una estampa de dolor sereno y definitivo. La imagen, sola ante la noche, parecía resumir todo el sentido de la jornada: la pérdida, el duelo y la espera.
Así, entre luces tenues, marchas fúnebres y el respeto de todo un pueblo, la procesión del Santo Entierro recorrió las calles de Peñaranda dejando una huella de emoción contenida. No fue solo un desfile de pasos, sino un relato vivo de la Pasión, donde cada cofradía aportó su voz a una historia compartida que, año tras año, sigue latiendo con fuerza en la memoria colectiva.























FOTOS: MIGUEL ÁNGEL

