La infancia ilumina el Viernes Santo: la llama que no se extingue en Peñaranda

La infancia ilumina el Viernes Santo: la llama que no se extingue en Peñaranda

El latido de la cera, velas que hablan y tradición que emociona

La mañana del Viernes Santo amaneció en Peñaranda de Bracamonte envuelta en una luz distinta, más tenue y a la vez más honda, como si el tiempo mismo caminara más despacio para dar paso a la memoria. La Procesión de la Vela volvió a trazar su delicado hilo entre pasado y presente, manteniendo viva una de las últimas resonancias de aquella antigua “limosna de la cera”, cuando la luz no solo alumbraba los altares, sino también la necesidad de los más humildes.

A las 11:30 horas, desde la iglesia de San Luis, se abrió el cortejo con la salida del Santo Cristo de la Agonía y el Santo Cristo del Humilladero. Pero no eran ellos solos quienes daban sentido a la escena. Delante, detrás, alrededor, latiendo con inocencia y solemnidad al mismo tiempo, los niños y niñas de la ciudad sostenían sus velas: pequeñas columnas de cera trabajada, algunas rizadas con esmero, como si en cada pliegue se guardara un gesto heredado, una tradición aprendida sin palabras.

La procesión avanzaba en un silencio habitado, donde cada paso parecía decir algo antiguo. El aire, aún fresco de la mañana, se impregnaba de una emoción difícil de nombrar. Fue frente al Ayuntamiento donde el tiempo se detuvo por un instante. Allí, como dicta la tradición, los dos Cristos se encontraron y se despidieron en una reverencia que no es solo gesto, sino lenguaje: un diálogo silencioso entre imágenes que el pueblo entiende desde siempre. Un adiós, un hasta luego, que es también promesa de reencuentro en la memoria colectiva.

Después, los caminos se bifurcaron. El Santo Cristo del Humilladero siguió su marcha hacia la ermita, guiado por esa hilera de pequeños que, uno a uno, fueron depositando las velas a sus pies. Cada vela entregada fue más que cera: fue ofrenda, fue infancia, fue fe sencilla hecha acto.

El Cristo de la Agonía, por su parte, regresó al templo parroquial, donde aguardó para formar parte de “El Calvario”, junto a Dimas y Gestas, en la procesión del Santo Entierro, a partir de las 8 de la tarde.

Así, entre la fragilidad de la llama y la firmeza de la tradición, la Procesión de la Vela volvió a encender en Peñaranda algo más que luz: encendió el recuerdo compartido, la devoción heredada y esa forma callada de caridad que, siglo tras siglo, sigue iluminando el alma de un pueblo.

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