Fe en la oscuridad: así fue La Madrugada en Peñaranda

Fe en la oscuridad: así fue La Madrugada en Peñaranda

Emoción contenida al paso de la Virgen de la Esperanza

Pasada la medianoche comenzó la Procesión de la Madrugada, organizada por la cofradía de Nuestra Señora de la Esperanza, con su paso titular. El acompañamiento musical lo puso la Banda de la Asociación de Almorox (Toledo). De inicio, el aire parecía sostener la respiración de cuantos fieles quisieron presenciar la salida de la iglesia parroquial. Se abrió la Madrugada en Peñaranda de Bracamonte. La ciudad, recogida en penumbra, aguardó el paso lento y grave de la devoción que, como un pulso antiguo, vuelve a latir cada Jueves Santo.

Desde la Parroquia, entre luces temblorosas y el susurro contenido de los fieles, comenzó a perfilarse el cortejo. Los cofrades de La Esperanza avanzaron con la solemnidad que impone la hora: vistieron hábito negro, sobre el que cae la capa verde que, junto al capuchón del mismo color, tiñe la oscuridad de una esperanza callada. Los guantes y zapatillas negras -o los pies descalzos- acentúan el recogimiento, mientras el cíngulo de esparto, áspero y humilde, recuerda la penitencia ofrecida en silencio.

La procesión se derramó por la plaza de Agustín Martínez Soler, donde el eco de los pasos se multiplicó en las fachadas dormidas. No hubo prisa; cada tramo se convirtió en un acto de fe sostenido, en un diálogo íntimo entre el alma y la noche. Al alcanzar la plaza de la Constitución y, después, la plaza de España, el cortejo adquirió una gravedad mayor, como si el corazón del pueblo latiera al compás de los tambores sordos y las pisadas medidas. La música pareció hecha para el paso y el paso para la música, en un hermanamiento sincero y espectacular.

Nuestra Señora de la Esperanza irrumpió entonces con su presencia serena y majestuosa. Bajo la tenue luz de los cirios, el rostro de la Virgen parecía vivo en su dolor contenido, en su mirada que no se quiebra, que sostiene la madrugada entera. Es una belleza que no consuela, sino que acompaña; una esperanza que no borra la pena, pero la ilumina.

La procesión continuó por las calles Cerrajeros, Arenas y Ricardo Soriano, donde el silencio se hizo más denso, más íntimo. Los vecinos, asomados con respeto, apenas se atrevieron a romper la quietud. Solo el leve roce de las telas, el crujir del esparto y el compás de la marcha, marcaron el tiempo de la penitencia.

En Isabel la Católica y San Luis, el cortejo pareció recogerse aún más, como si la estrechez de las calles obligara a la oración a concentrarse, a hacerse más honda. Medina y Gómez de Liaño prolongan ese tránsito de recogimiento, hasta regresar de nuevo a la plaza de la Constitución, donde la Virgen fue recibida con una emoción contenida, casi temblorosa. Este tramo final se convirtió en un regreso que fue, a la vez, culminación espiritual. La madrugada empezó a insinuar su fin, pero la devoción permaneció intacta, sostenida en cada mirada, en cada paso ofrecido.

Cuando el cortejo volvió a la Parroquia, la noche ya no era la misma. Algo había cambiado en el silencio, en las calles, en el ánimo de quienes han acompañado a Nuestra Señora de la Esperanza. La Madrugada se cerró con la misma sobriedad con la que comenzó, dejando en el aire una huella invisible: la certeza de que, incluso en la hora más oscura, la esperanza camina, lenta y firme, entre los hombres y mujeres de Peñaranda de Bracamonte.

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