La inocencia de un niño de tres años conmueve a todo un pueblo en la procesión del Domingo de Resurrección
La mañana de este domingo de Resurrección en Peñaranda amaneció vestida de luz y campanas para despedir la Semana Santa con uno de sus instantes más esperados por cofrades y vecinos: el Encuentro entre el Resucitado y la Virgen de la Soledad, un rito donde la tradición se hace latido colectivo.
Las calles, llenas de vecinos y de un silencio expectante, acompañaron desde primera hora el caminar pausado de las imágenes. Poco después de las diez, Jesús Resucitado abría el día entre acordes solemnes, acompañado por la Agrupación Musical Cristo Yacente de Salamanca. Avanzando entre túnicas y miradas, mientras los más pequeños —ángeles de carne y hueso— daban vida al relato sagrado.
Entre ellos, destacaba una figura diminuta y firme: Daniel Terrero Muñoz, apenas tres años, convertido en arcángel San Miguel. En su inocencia descansaba, sin saberlo, uno de los momentos más hondos de la jornada.
Quince minutos más tarde, la Soledad rompía el aire con el sonido de cornetas y tambores de la Banda de la Hermandad, que ha tenido una Semana Santa memorable. Su paso, aún cubierto de luto, recorría otras calles como si el tiempo se detuviera en cada esquina. Dos caminos distintos, dos silencios, una misma espera.
Y entonces, la Plaza de la Constitución, abarrotada, contenía el aliento.
Allí se encontraron.
En el centro de todas las miradas, el pequeño San Miguel alzó la voz —frágil pero clara— para anunciar la Resurrección. Buenos días, Virgen Santa, llénate de regocijo; que según la Iglesia canta, ya resucitó tu Hijo. El Ángel San Miguel soy, nada temas, Reina mía, que este luto desde hoy se convoert en alegría. Virgen Santa, cesa el llanto, que aquí está San Miguel para quitarte este manto. Sus palabras, sencillas y puras, atravesaron la plaza como un eco antiguo. Después, sus manos retiraron el manto negro de la Virgen, y con ese gesto, casi invisible y sin embargo inmenso, el duelo se tornó alegría.
Fue el instante en que la emoción venció al protocolo.
Los capuchones cayeron, la penitencia se deshizo en rostros descubiertos, y la fe se volvió celebración. Llegaron después los relevos, los nuevos mayordomos, los símbolos que aseguran que la tradición continúa latiendo año tras año.
La comitiva regresó al templo, donde la Eucaristía de Resurrección puso el cierre íntimo a una mañana que había sido de todos. La Hermandad de Cofradías rindió su homenaje de admiración y reconocimiento a todos los cofrades que hicieron posible la actual Semana Santa peñarandina. Personalizándolo en Moisés Pérez Sánchez, que recibió de manos de la presidenta Isabel María Sacristán, un obsequio conmemorativo por sus 34 años de servicio y dedicación a la Hermandad. Así, Peñaranda no solo concluyó su Semana Santa: la dejó suspendida en la memoria, como una promesa que ya empieza a contarse hacia el próximo año.











